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El cantar de los cantares

Me gusta comenzar el día escuchando la canción de James Blunt, “la canción”, que al fin y al cabo es una manera de orar. Todo el mundo se dio cuenta cuando apareció en las radios. Nadie osó ponerle ningún reparo. Todas las personas de todos los países de la Tierra sintieron de alguna manera que aquella canción era una especie de milagro. Y la letra, para quien pueda entenderla, sólo redunda en su rara perfección. Se trata de una canción de amor, por supuesto. Relata la historia de una persona común que, inmersa en la rutinaria grisura del metro, se ve sorprendida por el fogonazo de un intenso amor a primera vista. Que, allí abajo, entre el aire recargado de cansancio, y entre la masa triste de gentes, encuentra un punto luminoso hacia donde anhelar. Se trata de un sentimiento comprensible para cualquier hombre y para cualquier mujer, desde analfabetos hasta astrónomos. “Un sentimiento popular que nace de mecánicas divinas”, dijo Battiato. Por definición, alguien no se enamora de un ser humano, sino de un espejismo, de un símbolo, una señal, una puerta, un camino, un inicio de otra cosa. Y el afán de fusión, ese estirar la mano a través del otro para rozar lo inefable, y desaparecerse, aporta al acto sexual una dimensión trascendente, que entra de lleno en el terreno de lo religioso. Todo aquel que ha estado alguna vez enamorado tiene, por lo tanto, vocación religiosa. Esto no puede negarse. Tal vez sea el amor, el amor-pasión de Stendhal, un disfraz más accesible, menos abstracto, una corporeización visible y comprensible del deseo de unirse a la totalidad tan propio de los místicos.
Los nuevos templos

Durante siglos, las catedrales fueron las construcciones más ambiciosas y magníficas levantadas en Europa. No era posible distinguir con exactitud dónde acababa el homenaje a Dios y dónde comenzaba la demostración de grandeza de una ciudad. En la Europa de nuestros días, las obras arquitectónicas más representativas, las que aparecerán en los libros de Historia del Arte dentro de trescientos años, parecen estar relacionadas con las comunicaciones y el transporte: puentes, estaciones y aeropuertos. Sobre todo aeropuertos.
Estas catedrales de nuestro tiempo son, por un lado, un poderoso símbolo del laicismo y el pragmatismo imperantes. Por otra parte, se da la paradoja de que estos imponentes espacios arquitectónicos, al tiempo que consagran el tránsito, el desplazamiento y el intercambio, se están conviertiendo en símbolos nacionales que remarcan las fronteras y parecen decir: "Aquí empieza un gran país". En definitiva, hoy, los aeropuertos europeos, que son los recibidores, los vestíbulos de los países, han asumido esa función de mostrar el poderío de los estados.
Sucede, sin embargo, que los europeos laicos o agnósticos envejecen rápido y apenas tienen hijos, esto es, se extinguen, mientras que por las fronteras del Viejo Continente no dejan de filtrarse seres humanos de todos los colores, todas las culturas y todas las religiones. Como no cabe duda de que las escuelas públicas no lograrán limpiarles la religión a las nuevas masas de niños multicolores y multiculturales, se deduce que, en pocas generaciones, en todos los ámbitos de la sociedad habrá una fuerte presencia de seres religiosos.
Dentro de trescientos años, por tanto, ya se habrán levantado nuevos templos por toda Europa, y los turistas acudirán de propio a los antiguos aeropuertos para sacarse fotos y conocer en persona las construcciones más representativas y elocuentes de este principio del siglo XXI.
Evangélicos I
El brasileño pobre y humillado, dispone de dos vías principales de llevar una vida que pueda considerar admirable, y trascendente: la religión fundamentalista de los evangélicos, y la vida peligrosa y extrema de los bandidos.
La dignidad es una necesidad básica. Más de lo que se pensaba.
O Lobo Mau

La religión afrobrasileña del candomblé recuerda a la grecorromana en el sentido de que en ambos panteones no existe ningún dios decididamente malvado. No se da en ellos la separación tajante entre el bien y el mal. La bondad pura y la maldad absoluta no encarnan en dos entidades irreconciables, como pueden ser Caperucita frente al Lobo Feroz, los Estados Unidos frente al Eje del Mal, o como el azul frente al rojo en las espadas láser de Luke Skywalker y Darth Vader o en las corbatas de Rajoy y Zapatero.
Las primeras Historias de las Religiones consideraban que el monoteísmo, como resultado de la evolución, era la forma de religiosidad más avanzada y perfecta, mientras que el politeísmo africano no pasaba de un curioso resto arqueológico de gran interés para la antropología, de una muestra milagrosamente conservada de formas muy primitivas de religión.
Sin embargo, no sería del todo disparatado establecer una analogía entre las religiones con un único dios y los sistemas políticos de partido único: en ambos casos, sólo hay una Verdad posible (y ya definida), por lo que no se toleran las discrepancias internas... ni las externas. En ambos casos es habitual el expansionismo, tal vez por aquello de que la mejor defensa es el ataque. Por su parte, el politeísmo implica variedad de perspectivas, versiones y opiniones, y una especie de tolerancia sistemática a lo diferente.
Por tanto, especialmente en nuestro tiempo, caracterizado por las dudas, el relativismo, y las visiones parciales y fragmentarias, el politeísmo resulta una forma de religiosidad sorprendentemente actual, y civilizada.

