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cuaderno de religión

La reverencia

Mientras Bolt era solo un cachorro, humillaba su postura en cuanto pasaba por delante el temible Hulk, sin que nadie se lo hubiera enseñado. Para mi sorpresa, al cabo de los meses, fue el propio Hulk quien hizo la reverencia: Bolt ya era un soberbio perro adulto, el más poderoso de la urbanización, y Hulk, ya viejo, lo reconocía automáticamente, mediante un rápido examen del porte del contrincante o tal vez a través de otras características más sutiles que flotan en el olor, sin necesidad de una inútil confrontación física. Evidentemente, la reverencia ante el poderoso es un gesto puramente animal del ser humano. En todo caso, la civilización ha modificado nuestro concepto primitivo de “poderoso”, de manera que las personas ya no se inclinan ante alguien de gran envergadura y vigor físicos sino ante el portador de una tarjeta Visa Platinum, por muy enclenque que sea este, y ante otras exhibiciones y parafernalias de poder económico o político. Tampoco hace falta un gran salto conceptual para entender las “reverencias a los dioses” como gestos de perros respetuosos ante alguien temible, con la particularidad de que ese alguien puede muy bien ser obra de la fantasía del propio perro. Un grado más de sutileza es el hacer una reverencia ante alguien considerado igual o incluso inferior, como puede ser una mujer. Esto sí que sería una sublimación del primitivo gesto animal que ciertamente algo tiene de hipocresía o mentira civilizada, de manera que el gesto no tiene ya un significado “literal” de humillación, sino que pasa a ser un gesto simbólico, analógico, cortés. Para terminar, me parece llamativa la casualidad de que el gesto casi universal para asentir (o admitir la derrota) sea humillar la cabeza una o varias veces. Muy posiblemente estas microrreverencias del “sí” tengan un origen animal, y no sería extraño que el agitar negativamente la cabeza sea a su vez un gesto instintivo de desafío e independencia. Gestos enormemente rentables pues, si paramos a pensar, toda relación humana puede reducirse a (o entraña) aceptar o rechazar, y la mayoría de las veces aceptamos o rechazamos irracionalmente: el sí implica sometimiento animal, y lo que en realidad hay detrás del no (sea este brutal e irreflexivo o sutil y alambicado) es la voluntad de dominio. 

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