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cuaderno de religión

La danza de Omolu

Tenemos que agradecer al filho de santo Obá Ó Minibú y a su babalorixá, el privilegio de haber presenciado ayer la ceremonia de bienvenida de tres oganes que llevaban varias semanas recluidos, purificándose.

En un municipio costero apartado de la afanosa gran ciudad, sobre un terreno ganado a las aguas quietas del manglar, dominio de la orixá Nanã Buruku, la antigua, antigua madre que engendró a Omolu, un babalorixá (o pai de santo) levantó esta bonita casa blanca proyectada desde un principio como templo de religiones afrobrasileñas.

El edificio principal, de una sola planta y de unos cien metros cuadrados, estaba ayer bellamente adornado con flores, hojas verdes, cestas para ofrendas, telas rojas y verdes, grandes recipientes de bronce... Los tres atabaques (altos tambores sagrados) estaban “vestidos” con ricas telas y ya se encontraban colocados en un lugar elevado construido con este fin. Los fieles se habían vestido con ropas de fiesta: un blanco imposible en todas las prendas, adornadas con bordados y encajes, y planchadas con un esmero admirable. Las tres o cuatro filhas de santo se distinguían por sus voluminosas faldas abombadas por algún tipo de miriñaque, de manera que su atuendo era muy semejante al tradicional de las negras de Bahía. Todos llevaban la cabeza cubierta por turbantes (las mujeres) o por sombreritos sin ala (los hombres).

La ceremonia pública se prolongó unas cinco horas, hasta las cuatro de la madrugada. Los iniciados, sin embargo, debían permanecer aún hasta el amanecer. Sólo entonces podrían regresar a sus casas después de semanas de internamiento.

El retiro habitual de los iniciados en el candomblé es de veintiún días, coincidiendo con el tiempo de gestación de las aves en el interior de los huevos. Pasan todo este tiempo prácticamente sin salir de cierta habitación que representa el vientre materno, y que está comunicada por una puerta con el salón de ceremonias. Los iniciados, sin embargo, no salen ni entran por esta puerta, sino por otra de una habitación contigua que representa la vagina.

Durante las cinco horas que duró la ceremonia pública, pudimos apreciar la complejidad y riqueza de este culto de origen africano en la enorme variedad de ritmos, danzas y cánticos en lengua yoruba que se fueron sucediendo. Había además una perfecta organización en la división de las tareas y en la progresión de la muy medida ceremonia.

Los iniciados danzaron durante horas en círculo los bailes rituales. Dos ruedas concéntricas: en la interior los iniciados de mayor rango, y en la exterior los filhos de santo, que se agachan cada vez que para la música para que sus cabezas no queden por encima de sus superiores en la religión.

Creímos adivinar que las danzas y los diferentes ritmos iban invocando a los principales orixás y suponían también algún tipo de purificación o preparación a través de la repetición, del cansancio, de la perfección de movimientos, de los giros de las ruedas.

De alguna manera, se estaba higienizando el ambiente, y las cabezas, para recibir a los tres oganes, que en un momento dado acabaron saliendo del cuarto de la izquierda, bailando en fila india con la cabeza y la vista agachada, con el cabello rapado bajo el sombrerito como muestra de pureza. Estas tres personas se estaban consagrando a la religión, y su vocación sagrada les iba a llevar por un camino diferente al de los pais de santo o babalorixás, pues la función del ogán no es incorporar orixás, sino cuidar de la correcta marcha de la ceremonia, cantar los himnos, tocar los tambores y vigilar a los incorporados dándoles agua, secándoles el sudor, o expulsándolos y “exorcizándolos” cuando llegan a destiempo.

El punto álgido de la ceremonia, en todo caso, fue la llegada del orixá Omolu incorporado en el pai de santo.

Pai Cido de Osun Eyin, en su libro Candomblé – A panela do segredo, dedica algunas páginas a hablar de este orixá, que viste un característico sombrero o máscara que le cubre completamente el rostro con tiras de paja. Divinidad seria, de las epidemias y de la curación, es una entidad de la tierra, y más concretamente del interior de la tierra. Cuenta Cido de Osun Eyin dos explicaciones tradicionales para su peculiar atavío, que lo oculta de las miradas: una hace referencia a cierta deformidad ocasionada por llagas o cicatrices de nacimiento, mientras que la otra habla de la necesidad de proteger a los presentes del brillo que irradia esta deidad.

Nos explicó Obá Ó Minibú que en el candomblé no se da la incorporación de entidades concretas, como pueden ser espíritus de fallecidos, sino que los orixás incorporados deben entenderse más bien como fuerzas de la naturaleza.

En este sentido, lo que vimos ayer fue perfectamente real. Así como los dos filhos de santo que incorporaron a orixas femeninos estaban representando, personificando, ciertas tendencias universales como la delicadeza o la coquetería, me resultó evidente que el babalorixá había incorporado una poderosa fuerza de la naturaleza relacionada con el magma volcánico, con el impulso guerrero y, por encima de todo, con la vida plena. Sin duda alguna, aquello que vimos fue la danza de un dios.

Atotoó Obaluaiê!!!

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