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Sectas
Al candomblé también se le ha tachado de secta, se queja el padre Cido de Òsun Eyin en su libro Candomblé - A panela do segredo.
Las ceremonias se celebraban de madrugada no porque se practicasen ritos tenebrosos o macabros, sino porque el candomblé era una religión clandestina, y los esclavos africanos tenían que reunirse a escondidas para mantener vivos a sus dioses, a los que terminaron disfrazando de santos católicos para que pasasen desapercibidos entre los dioses imperantes a plena luz del día. La enorme popularidad de San Jorge en Río de Janeiro se debe a que este santo se identifica con Ogum, que es el Zeus del candomblé.
Sospecho ahora que, muchas veces, lo que diferencia una religión de una secta es exactamente lo mismo que media entre una lengua y un dialecto: más o menos prestigio, más o menos poder.
El vigilante de madera

Estoy casi seguro de que, al igual que tanta gente se protege de los accidentes de tráfico pegando un adhesivo de la Virgen en una ventanilla del coche, el gran crucifijo que se ve en la pared de muchas agencias bancarias de Río de Janeiro es una medida de protección contra robos. Pero, puesto que es muy probable que el ladrón sea creyente, o al menos supersticioso, esta medida tal vez sea la más efectiva de todas. Más que las cámaras, pues el ladrón se lo pensará dos veces antes de pasar frente a la mirada de madera, que ve hasta detrás de las máscaras, y guarda las imágenes en la memoria por toda la eternidad. Y más que el bonachón guarda jurado de la entrada, porque cometer un crimen frente a un crucifijo por fuerza ha de tener, según este ladrón, un castigo implacable, una maldición progresiva, interminable y devastadora, cuyos efectos no tienen por qué ser sentidos de manera inmediata.
Los profetas

Considera Mircea Eliade que la contemplación de la bóveda celeste fue una de las primeras formas que tuvo el hombre primitivo de sentirse apabullado ante lo inmenso, y de empezar a darle forma al concepto de lo sagrado.
El caso es que, en contadas ocasiones (muy raras para los individuos, pero frecuentes, al final, para la humanidad), las masas también pueden intuir lo apabullante, lo insondable, lo excesivo, ante una persona concreta. Ante las palabras de una persona concreta.
Son discursos como océanos nocturnos, envolventes, oscuros, inaprensibles, desmedidos, profundísimos, ajenos o enajenados, con diminutas áreas de contacto con las costas de la razón, y de lo razonable. Son discursos anómalos. Discursos-monstruo.
Son las palabras del profeta, del oráculo, del poeta.
Escribe, por ejemplo, Maria Fé Nevares en Literaturas.com en referencia al novedoso autor de Bombardero, el escritor peruano César Gutiérrez:
"Conocer a Cesar Gutiérrez es casi tan espectacular como leer su libro: alucinado, febril, caótico y tremendamente lúcido. A César lo conocí casi gritando sus poemas en un recital de Barranco, donde vivo. Lo encuentro exclusivamente de noche, en estos bares y siempre me sobrecoge la misma cosa de él: No siempre sé de qué esta hablando, pero escucharlo hablar es fascinante, porque todo lo que dice tiene una percusión tan grande que aun si no lo entiendo todo el tiempo, está clarísimo que contiene algo tremendo".

